Capitanes de almadraba  


JUAN M. RUIZ ACEVEDO
JOSÉ FERNÁNDEZ FERRERA
JOSÉ A. LÓPEZ GONZÁLEZ

        Epílogo

Menos nacer y morir, el día que me toque, que por razón natural no ha de quedar muy lejos, todo lo he hecho en la almadraba, bueno en la almadraba y en la pesca con otros artes, con lavadas, con artes mixtos, con cazonales, con las lanchas de rastrear, y por ello, todas estas cosas que he contado y algunas más que me he callado, porque mi propósito era referir mi experiencia en el mundo de la pesca, en el de las almadrabas mayormente, sin entrar en las cuestiones personales, familiares, íntimas, que eso se queda para la basura de la televisión, todo lo que he contado es lo que a mi entender tiene que saber un marinero, y aún más si ha alcanzado la responsabilidad de ser patrón o capitán: tener claro lo que se hace, controlar las maniobras, dominar lo que es una almadraba, conocer los tiempos, las lunas, las mareas, las marcas, ver si la almadraba ha sido correctamente calada y está pescando bien o si tiene algún fallo, comportarse honestamente con la gente, disfrutar de la pesca y además de todo eso tener suerte, mucha suerte, porque en la vida hay que trabajar mucho, hay que esforzarse, hay que sacrificarse hasta límites insospechados, pero también se debe tener la suerte de cara, como en toda travesía, que lo único que sabes es que has salido del puerto, pero cómo va a ser la navegación, con qué te vas a encontrar en medio de la mar, cuándo vas a recalar, eso no lo sabe ni dios con todo su poder. Que lo tengo más que visto y oído, que la vida es como ir navegando, lo mismo te coge bonancita y viento en popa, que se te mete un vendaval de través y te vuelve loco, te zarandea sin que puedas hacer nada más que rezar si eres creyente, y si no, apretar los dientes y tirar como puedas, capeando el temporal, que ya vendrán tiempos mejores, momentos de calma, y si el barco se va a pique, que eso no está en nuestras manos, difícilmente te va a dar tiempo a  enterarte de lo que está pasando.



Todo esto lo aprendí de la vida, de la experiencia, de los palos recibidos y de las fintas que más de una vez he tenido que hacer para esquivar las cornadas; de la escuela más bien poco; la gente de mi edad no tuvo muchas oportunidades, ni tiempo para aprender en la escuela, el conocimiento venía de la observación, de la repetición de la faena diaria, del estímulo de la supervivencia del que batalla en medio de la pobreza y la escasez, del que está nadando unas veces con la marea a favor y otras en contra; los viejos como yo, sin apenas saber leer ni escribir, sin haber tenido jamás libros en nuestras manos, hemos podido acumular con los años, con la experiencia de vida, con los desvelos, más sabiduría que centenares de jóvenes atiborrados de lecturas, de ordenadores y de pantallas de televisión. Pero esto último es lo que toca y lo que nos quieren vender.



No hace mucho me han homenajeado en mi pueblo, una medalla me dieron, y después le han puesto mi nombre a una calle; no estoy demasiado seguro si estas cosas son para estar alegre, pues lo cierto es que los homenajes se celebran con mucha frecuencia cuando ven que uno se está apagando, cuando intuyen o creen que lo que te resta es sestear la vejez, antes es difícil, y además que los homenajes decididos y organizados en los ambientes políticos tienen más de interés electoral que de verdadero sentimiento; por eso de lo que he disfrutado y estoy disfrutando de verdad es del reconocimiento y del cariño de mi familia y de mis amigos y de eso lo tengo a porrillo a cada momento, cada hora, cada día, y aún más sabiendo que estaré por mucho tiempo en sus pensamientos, en su recuerdo. El rótulo de la calle escrito en el azulejo seguirá diciendo ‘JOSÉ FERNÁNDEZ FERRERA’, pero pocos al pasar sabrán quién es tal personaje, que en eso es en los que te conviertes, pues cuando bautizan algo con un nombre cualquiera en un abrir y cerrar de ojos va a pasar inadvertido. No ha de transcurrir mucho tiempo para que cualquiera que lea el nombre y no lo reconozca se pregunte ‘¿y ese quién era?, ¿ese qué era?’, o peor aún, si el que lo ve te conoce y te tenía puna a lo mejor hace una mueca despectiva y piensa para sus adentros lleno de rencor, ‘¿ese ha hecho algún mérito como para que le pongan a una calle su nombre?’



En fin, que alguna satisfacción recibí en el momento en que me agasajaron en público, aunque me dio que pensar más de la cuenta, entre otras cosas porque con lo que yo he disfrutado de verdad  en estos últimos años, ya jubilado y fuera del trasiego del trabajo, a parte de con mis hijas, con mis nietos, con mi hermano Juan, con mis amigos, ha sido con las reuniones que se han celebrado de una tiempo para acá en Isla Cristina, José Antonio era el alma de todas ellas, el que nos llamaba y allí acudíamos, a hablar de almadrabas, de redes, de capturas, de los años buenos y de los malos. Por estos encuentros han aparecido muchos a los que no veía casi desde que éramos niños y empezábamos los primeros escarceos en la lancha del capitán, en la testa copejando; Antonio Columé, por su edad, no pudo venir ningún año, pero íbamos nosotros a verlo a Cartaya y allí echábamos el rato con nuestras batallitas; Jacinto Vaello venía desde Benidorm y pasaba aquí una semana con los mismos nervios de siempre, que parece que la edad pasa y deteriora el cuerpo, pero el espíritu no hay quien lo domeñe; Jaime Pérez, el pobre, estuvo unos cuantos años, pero ya nos dejó; Ramón Flores más de una vez nos ha hecho reír con sus cosas, con sus anécdotas, pero también ha provocado que se nos saltaran las lágrimas con sus recuerdos tristes; Vicente Zaragoza, Alí Bouanani, Claudio Columé, José Carmona, José Ruiz, y los más jóvenes que vienen empujando con fuerza, Juan José, Joselito Carmona, mi hijo Patrón; otros no han querido venir, ellos sabrán por qué y no saben lo que se han perdido.



Estar con ellos, charlar de nuestras cosas, sentados a la mesa para dar cuenta de un guiso de oreja de atún o de pellejito con tomate en casa de Paco Rojas o de Rufino, me ha hecho revivir los momentos de gozo, de disfrute, de lucha, me han traído a la memoria vivencias que permanecían veladas por el tiempo y que ahora han aflorado renovadas y transformadas, vistas desde otra óptica; no pocas veces, mientras dormito a la caída de la tarde en un sillón, distraído en mis pensamientos, veo desfilar por delante de mí imágenes y sonidos que tenía casi olvidados: el ritmo marcado por la saloma en las levantadas, los golpes en la cubierta, los gritos de los mandos, el chapoteo de los atunes, las salpicaduras de los coletazos, el frenético repiqueteo de un atún en la cubierta, el salto de los peces voladores huyendo de la quema, el desgarro en los brazos, en las piernas, en la espalda, en  todo el cuerpo, al clavar un atún con el cocle y luego izarlo a la testa, el esfuerzo colectivo, acompasado, solidario, las conversaciones distendidas al retorno de una buena levantada, escenas fugaces en definitiva que corren como destellos por mi cabeza y de las que entonces, cuando de verdad ocurrieron, no fui consciente, pero que ahora, lejos de la marabunta del día a día, en medio del retiro, vuelvo a revivir y a valorar.



En estos encuentros con mis compañeros de viaje y con mis propios pensamientos es cuando empecé a cavilar, aunque no con mucho convencimiento, en dejar constancia por escrito de una parte de mi vida, pero la espoleta saltó el día en que volví al cabo de muchos años al Real de la Umbría; pasear por las calles de arena, entrar en la casa de don Pedro, en la de Antonio Columé y de tantos otros ya desaparecidos, tocar el quicio de la puerta de mi cuarto, ver las manos estampadas en las paredes y en el techo de tablas del alquitranadero, pisar los restos de alquitrán del suelo acanalado del escurridero, levantar la vista siguiendo las hiladas de ladrillo de la chimenea, leer los ya borrosos números garabateados en el pañol y en el almacén, asomar la cabeza en la escuela, sentir los golpes sordos de la rompiente en medio de un silencio sólo roto por las preguntas insistentes del cartayero, de Juan Ruiz, ‘José, ¿cómo vivían en el real los niños?, ¿cuándo empezaste tú a ir a la almadraba?, ¿qué hacían las mujeres mientras los hombres estaban en la mar?, ¿cómo era el día a día de un almadrabero?, ¿qué fiestas celebrabais?, ...’, todo esto y mucho más me transportó en volandas a los años cuarenta, puso delante de mis narices, como por arte de magia, rostros, voces, olores, sonidos, sentimientos, que durante décadas habían quedado semienterrados en los rincones más ocultos de la memoria y que de vuelta a casa, aturdido, absorto, ajeno al momento presente, me empujaron a tomar la decisión, no exenta de atrevimiento por mi parte, de escribir estas líneas, de meterme en un fregado que con mucho ha superado mis capacidades, pero del que no me arrepiento.



Y este ha sido el último y el mejor homenaje que me he podido dar a mí mismo, y que me sigo dando cada día a la hora de sentarme a escribir, que para ello he tenido que pasar revista a lo que he hecho y a lo que he dejado de hacer en mi vida, a lo que me ha salido bien, a lo que me ha salido mal, a lo que vino de mí y a lo que me fue impuesto y no pude evitar, y, aun cuando lo esté viendo todo con la distancia y con la indiferencia con que la edad hace mirar las cosas presentes y las que van a venir, la verdad sea dicha, la balanza me es favorable. A los frutos me remito.